07 Nov La industria española se apaga
José María Olmo.- La crisis ha sentado en el diván las grandes cifras de la economía española y la disección de los números arroja, junto al hundimiento de la construcción, una estrepitosa caída del tejido empresarial que amenaza con abrir otro agujero negro en las ya de por sí debilitadas finan¬zas nacionales. En realidad, los expertos esperaban que, cuando se produjera el inevitable declive del ladrillo, la industria resurgiera con fuerza ante nuevas oportunidades de negocio y absorbiera la manodeobra expulsada del sector inmobiliario. Pero los augurios de los expertos no se han cumplido. Al contrario, el tejido industrial español se está desvaneciendo a la misma velocidad con la que se ha esfumado el boom inmobiliario.
El desastre se refleja en todos los indicadores. En 2001, la industria ocupaba a 3,16 millones de trabajadores, el 19,36% de todos los empleos. Diez años después, genera 2,57 millones de trabajos y sólo acapara el 14,08% del empleo nacional, pese a la caída en picado de la construcción y la aportación cada vez menor de la agricultura.
La contribución de la industria a la riqueza ha caído en la misma proporción. En 1996, las fábricas españolas generaron el 20,20% del PIB. En el segundo trimestre de 2011, sólo participaron en el 14,57% del indicador, pese a la caída generalizada del resto de sectores. La pérdida de peso de la industria también se aprecia en términos absolutos. En 1996, la industria aportó al PIB 95.000 millones de euros. Este año lo cerrará con aproximadamente 159.000 millones de euros. La progresión es notable, pero se reduce significativamente si se descuenta la inflación. Además, el PIB se ha duplicado en este mismo período.
Con todo, los datos más preocupantes se obtienen del análisis de la industria española en el contexto internacional. En 2010, los fabricantes nacionales cosecharon el peor balance del mundo, según The Economist. El comportamiento de la industria española fue peor que la de los países avanzados (Estados Unidos, Francia, Alemania), que la de los emergentes (Brasil, Rusia, India, China) e, incluso y aún más grave, que la de industrias como la griega, que han sufrido con más dureza el golpe de los mercados.
Rafael Pampillón, profesor de Entorno Económico y Análisis de Países del Instituto de Empresa, afirma que uno de los principales motivos que explican la caída de la industria es “el rápido crecimiento de los costes laborales que se ha producido en España en los últimos años”. Mientras que en Alemania el coste laboral unitario –el coste en mano de obra que conlleva cada producto fabricado– no ha crecido en los últimos 10 años, en España se ha incrementado en el mismo período un 33%. Con la recesión, fábricas asentadas en territorio nacional han tenido que cerrar o emigrar a otros mercados laboralesmás flexibles y baratos. No obstante, Pampillón cree que estas deslocalizaciones serían más comprensibles si no fuera porque España registra en estos momentos un paro del 50% entre su población joven, precisamente, la más flexible y barata y, además, con un nivel de formación de la máxima calidad.
Eduardo Calvo, profesor de Producción, Tecnología y Administración de Operaciones del IESE, añade que, junto a los costes laborales, hay otros muchos factores que, desde el punto de vista del inversor extranjero, convierten a la economía nacional es una de las menos atractivas de Occidente. El mercado laboral no es tan flexible como sería necesario, los trámites administrativos para abrir una empresa son demasiado largos y las finanzas y el consumo interno llevan años estancados, y aún queda mucho para que remonten el vuelo.
Competencia con los servicios
Pampillón apunta que, además, en España la industria tiene que competir con el sector servicios en la atracción de las inversiones y los equipamientos. El turismo se percibe como una actividad de mínimo riesgo y beneficios a corto plazo, justo al contrario que el sector secundario. Y las administraciones no han contribuido a modificar esta percepción. De hecho, durante el boom, muchos municipios optaron por transformar su suelo industrial en suelo urbanizable. Los ayuntamientos preferían un campo de golf a un polígono industrial. Y la economía española está re-cogiendo ahora las consecuencias.
El profesor del Instituto de Empresa recuerda que, al menos, España ha conseguido especializarse en el ramo de los servicios, con logros empresariales de alcance mundial. “Nuestras compañías son muy competitivas en todo lo que tiene ver con el transporte de personas y el abastecimiento de servicios, como la construcción y la gestión de aeropuertos, autopistas, hoteles, redes de energía y agua… España ha apostado más por el sector servicios y hemos desarrollado buenas tecnologías en ese ámbito”.
Pero el sector servicios no es suficiente para la supervivencia de una economía, por muy grande que éste sea. Eduardo Calvo advierte de que, “si alguien cree que se van a crear cinco millones de empleos para poner cafés y hacer camas, está muy equivocado”. En su opinión, “es urgente relanzar la industria porque tiene un efecto multiplicador sobre el empleo brutal”, apunta el profesor del IESE. “Un puesto de trabajo en ese ámbito genera otros tres empleos indirectos. Y, en sectores como el del automóvil, el efecto es aún mayor. Un estudio del Economic Policy Institute de EE UU concluye que cada puesto de trabajo directo en el ramo del automóvil crea 300 empleos asociados”.
No sólo el empleo se beneficia de una industria potente. También la riqueza de un país gira en torno a su capacidad productiva. Por ejemplo, el sector secundario representa el 20% del PIB de Francia, pero algunos estudios señalan que su impacto en las cuentas galas llega hasta el 51% del total. El propio Ministerio de Industria español ha apelado recurrentemente en los últimos años a la capacidad tractora de la industria para el conjunto de la economía nacional. Si la industria estornuda, la economía se constipa. Y esteesuno de los motivos que explica los números rojos de las finanzas nacionales.
Fuente de divisas
Además, la industria juega un papel es-tratégico porque, como explica el profesor Calvo, “es un sector típicamente exportador y en un entorno económico como el español, con un elevado déficit en la balanza comercial, es una gran fuente de divisas”. Asimismo, el tejido industrial es el principal receptor de los esfuerzos en investigación y desarrollo. Si apenas existe, los incentivos para la modernización de un país se diluyen.
Lucas Van Wunnik y José Cabré, profesores del departamento de Organización de Empresas de la Universidad Politécnica de Cataluña, matizan que en realidad no es necesario que España cuente con una potente industria tradicional. Cabré recuerda que “no es el sector industrial lo que da riqueza a los países, sino los servicios avanzados a la industria”. “Ya no es importante quién fabrica, sino quién es el que diseña, comercializa, genera el valor de la marca…”, opina. El profesor Van Wunnik afirma que, por ejemplo, unos vaqueros que se venden por 100 euros pueden aportar de media sólo seis euros al fabricante. “Los verdaderos beneficios están en el resto de procesos. Lo importante es que la industria española ofrezca servicios con un alto valor añadido”, concluyeVan Wunnik.
La propuesta de estos profesores lleva años siendo defendida por todos los centros de pensamiento económico: Occidente debe innovar para competir con los países emergentes. Pero el gran problema de España es que se está ahogando entre dos orillas. Por un lado, la producción tradicional es cada vez menos competitiva y se ve abocada a la desaparición. Y por otro lado, la industria más avanzada tiene un peso residual, sus perspectivas de crecimiento son limitadas y no está en condiciones de colocar a España al nivel de los gigantes mundiales. La industria de siempre se desvanece sin que la del futuro llegue para reemplazarla. Con otro agravante: que un alto porcentaje de las grandes industrias que aún operan en España son meras delegaciones de multinacionales de capital extranjero. Su presencia en suelo español es circunstancial. Si las condiciones empeoran, se irán.
La velocidad y profundidad con la que cae la producción nacional genera inquietantes incertidumbres. En EE UU, Francia, Alemania, Japón e Italia conviven sectores terciarios potentes con industrias mundialmente competitivas. Suiza tiene un sector secundario más débil, pero a cambio cuenta con un robusto sistema financiero que capta billones de divisas en transferencias.
El profesor del IESE Eduardo Calvo alerta de que los riesgos de la desaparición de la industria no sólo afectarían a este ramo, sino que se extenderían a todos los procesos creativos del sector servicios que rodean al proceso de fabricación, como el diseño, la planificación, el marketing, la consultoría o la innovación, algo que en realidad ya está ocurriendo. La desaparición de este magma intelectual pondrá límites, además, a las esperanzas de un relanzamiento del potencial productivo, porque eliminará el conocimiento y las sinergias necesarias para lograr futuros repuntes de la actividad.
Por lo pronto, la caída de la industria ya está minando la retención del talento. Desde el inicio de la crisis, más de 100.000 titulados universitarios han abandonado España. Sólo su formación le ha costado a los españoles en impuestos 10.800 millones de euros, una cifra que daría para levantar 215 hospitales o construir cuatro veces el AVE Madrid-Sevilla. “Podemos tener muy buenos ingenieros, químicos y físicos, pero la pregunta es ¿dónde van a trabajar si cada vez tenemos menos industria?”, se pregunta Eduardo Calvo. El profesor de la Universidad Politécnica de Barcelona Lucas Van Wunnik también detectó hace tiempo que el desánimo se extendía entre sus alumnos. “Saben que están preparados, pero que no hay mercado en el país y que tendrán que salir. Aquí no hay trabajo”. España forma a sus jóvenes para que los disfrute Alemania.
El sector del calzado aporta alguna luz al final del túnel. A mediados de los ochenta, el incremento de los costes laborales provocó que multinacionales con sede en territorio nacional trasladaran sus factorías a países emergentes. Los cierres se ex-tendieron automáticamente a fábricas de capital español que prestaban servicios a las grandes factorías extranjeras.
Una década después, el sector experimentó una nueva crisis, en esta ocasión, por la irrupción en el mercado del calzado asiático. Llegaron nuevas deslocalizaciones y el tejido empresarial español tuvo que volver a adelgazar.
Ambas crisis fueron traumáticas, pero forzaron una doble reconversión de la industria del calzado que ha permitido al sector sortear con éxito la recesión actual.
Marián Cano, secretaria general de la Asociación Valenciana de Empresarios del Calzado (Avecal), que agrupa a las firmas de esta comunidad, donde se concentra el 60% de la producción nacional, apunta que las crisis de los ochenta y noventa forzaron la desaparición de dos de cada tres asociados. Pero los que sobrevivieron, ase-gura, gozan hoy de una favorable situación financiera y el sector crece en plena recesión. “Con aquellas crisis, la empresas decidieron apostar por el producto de calidad, y eso nos ha salvado”, cuenta Cano. “Se apostó por la marca, el diseño, la vanguardia y la calidad en la gestión, y se salió al exterior para buscar otros mercados. Hay fábricas que exportan el 95% de su producción. Sólo las que no se abrieron al exterior están encontrando dificultades. Pero, en general, la situación del calzado es muy positiva”.
Abrir mercado
La apuesta por la calidad eludió un combate que España no puede vencer. “Ahora, nuestro competidor no es China, sino Italia. China es más bien una grandísima oportunidad de negocio, porque es un mercado que no para de crecer, con una clase social media-alta cada vez más numerosa que demanda el zapato de calidad que nosotros fabricamos”. Cano explica que las ventas de sus asociados crecieron un 11% en 2010 y, en los primeros seis meses de 2011, un 15%. Sus productos se han colado en los expositores de EE UU, Japón, Alemania, Rusia, Francia y China, entre otros mercados. El calzado simboliza, de algún modo, la correcta aplicación de todas las recomendaciones que las universidades y las administraciones llevan años formulando para el conjunto de la industria.
Sin embargo, no siempre es fácil poner en marcha esas medidas. Los fabricantes de materiales de construcción tenían en el primer trimestre de 2008 un paro del 7%. En el segundo trimestre de 2011, su tasa de desempleo se había disparado hasta el 22,3%. La Confederación Española de Asociaciones de Fabricantes de Productos de la Construcción (Cepco) lleva años impulsando la exportación entre sus asociados, pero el pinchazo del ladrillo llegó antes que la internacionalización del sector. “La salida al exterior no es fácil”, explica Luis Rodulfo, director general de Cepco. “Requiere ayuda y hacen falta al menos cinco años para comenzar a recoger beneficios. Y muchas industrias no están ahora en condiciones de aguantar tanto tiempo. Tenían que haber aprovechado los años de bonanza para salir al exterior, pero el mercado local funcionaba tan bien que parecía suficiente”.
Ahora, la situación de esta industria es dramática. Rodulfo explica que, “como estamos en crisis, lo único que parece importar es el precio, y están cerrando fabricantes que apostaron por la investigación y el desarrollo, algo que conlleva un mayor coste de producción y que, por tanto, los hace más caros”. “Están desapareciendo los que hacen el mejor producto”, asegura, “y eso es un desastre para el sector”. Las que sobreviven, también están acometiendo reajustes. Ramón Díaz es gerente de Bedyfa, una fábrica de terrazos y hormigones polímeros que ha reducido su producción al 40% de su capacidad. En 2007 tenía 47 empleados. Ahora, 27. “Nosotros tenemos la suerte de que hicimos una modernización en 1998 y ya está amortizada, pero aquellos que renovaron tarde su maquinaria han tenido que cerrar porque no han podido afrontar los costes”, explica Ramón. “Nuestro negocio está muy atomizado. Ya se han producido muchos cierres, pero habrá más si no se genera una concentración o se termina el problema de los impagos”, concluye, citando otro de los problemas con los que está lidiando la industria.
Luis Rodulfo cree que “las fábricas que está desapareciendo no volverán a aparecer” porque “muchas de las que han cerrado eran empresas familiares con más de 50 años de antigüedad y con profesionales con 20 años de experiencia media en el sector” y “eso no se podrá improvisar de un día para otro, por mucho que mejore de nuevo la economía”.
El mueble, un 80% menos
La industria del mueble se encuentra en una situación similar a la de los materiales de construcción. Rafael de Rueda, propietario de la firma Medimueble, tenía 70 empleados en su fábrica antes de la crisis. Ahora tiene ocho. “A los políticos se les llena la boca contando que un nuevo centro de Ikea va a crear 125 puestos de trabajo y le hacen accesos, se le cede suelo y le ponen todo tipo de facilidades. Pero ¿quién ayuda a las pymes españolas, que creamos mucho más empleo?”, se lamenta este empresario, que reclama soluciones para un sector que está facturando un 80% menos que antes de la crisis. Otra fábrica de muebles, La Sagra, ha despedido a la mitad de los 72 trabajadores que tenía. Ángel Mora, socio fundador de la fábrica, ve oscuro el futuro. “A mí me quedan dos años para jubilarme pero seguiré luchando, aunque sólo sea porque mi hijo también trabaja aquí y necesita salir adelante”. La Sagra ha reducido su producción para evitar la acumulación de stock. Lo hace casi todo por encargo. “Fabricar en serie sería más barato, pero no hay otra opción”, afirma Ángel encogiéndose de hombros.
La industria textil, otra de los más representativas, también está sufriendo profundos reajustes. Luis Polo, director del Gremio de Fabricantes textiles de Sabadell, revela que se han especializado en productos de alto valor añadido porque no pueden competir con Asia en los productos básicos. Al menos, señala Polo, “la fabricación de algunos productos ni siquiera es rentable ya para China por el bajo volumen de compra de España y porque Pekín ha eliminado las subvenciones a sus exportadores”. “Esperamos que esto permita el renacimiento de la industria local por su proximidad”, confía este representante de una industria que lleva años padeciendo cierres masivos.
Sin financiación
La atención de los expertos se centra especialmente en la industria del automóvil, la que más tira de la economía española (5% del PIB y 15% de las exportaciones). La crisis ha forzado la desaparición de centenares de factorías de automoción y, también, la migración de otras a países emergentes. En 2008 y 2009, el sector perdió el 30% de sus empleos. Ficosa, referente mundial en la fabricación de componentes electrónicos para el automóvil, capea el temporal porque exporta el 92% de su producción. “La buena marcha de las economías europeas compensa por ahora la caída del mercado interno”, explica el consejero delegado de Ficosa, Javier Pujol, con un ojo puesto en la evolución de la crisis de deuda. Con todo, los cambios en el sector son inevitables. Pujol cree la supervivencia pasa por la concentración de empresas pequeñas o por el aumento de las exportaciones, aunque advierte de que “si no se han acometido ya estos cambios, ahora va a ser difícil conseguir la financiación para hacerlos”.
Sin duda, la remontada de la industria española exigirá ampliar mercados y mejorar su competitividad. Eduardo Calvo pone el acento positivo en la relevancia mundial de las industrias españolas energética, petroquímica y de extracción. También destaca la importancia de la textil con un líder como Inditex, del sector del automóvil, de las industrias de equipos y electrónica y de la más reciente industria de las energías renovables. El profesor del IESE cree que lo más sencillo sería incentivar la actividad en estos negocios porque España ya ha demostrado su potencial, algo que no implica la renuncia a otros mercados. “No obstante, hay que tener en cuenta que la crisis ha dejado al descubierto que muchas industrias sólo funcionaban gracias a las subvenciones públicas. Pero eso ya no sirve. Hay que cambiar la mentalidad y educar en la creación de beneficios a largo plazo. En España”, prosigue Calvo, “hemos tenido una mentalidad de pelotazo, de ganar lo máximo en el menor tiempo posible y la industria no funciona así”.
Puertos y ferrocarriles
Si quiere crecer, España deberá recortar sus costes laborales (la crisis lo ha acabado imponiendo) y agilizar los trámites que conlleva invertir o abrir un negocio. Según el informe Doing Business 2011 del Banco Mundial, en “facilidades para la apertura de una empresa”, España ocupa la posición 147 de los 183 países del estudio. En “protección de los inversores” ocupa el puesto 93. Sólo obtiene buena nota en “facilidades para cerrar un negocio”, donde logra la posición 19.
El otro gran error que detectan los expertos es la ausencia de infraestructuras orientadas a la industria. “Se han hecho muchos kilómetros de AVE, que es probablemente la obra pública más ruinosa de la historia de España”, reprocha Calvo. “Lo que necesitamos es ampliar la capacidad de los puertos y construir el corredor ferroviario del Mediterráneo. Las comunicaciones de España con el resto del continente deben ser fluidas y debemos ser la puerta de entrada en Europa de Latinoamérica y África”, termina el profesor del IESE.
La situación geográfica es sin duda la mayor ventaja estratégica de España. Con los cambios necesarios, en el futuro sería posible convencer a las multinacionales para que ubiquen en territorio nacional sus centros de desarrollo industrial para el sur de Europa y el norte de África. Sería una buena solución para reimpulsar la industria y, por tanto, la economía.